Abigail Arredondo desprecia a los cuadros que hicieron grande al PRI.

Ver a la dirigente estatal Abigail Arredondo Ramos es prácticamente imposible…

Por José Luis Aragón Chávez
Exalcalde de El Marqués, Qro.

Es triste decirlo, pero aquel Partido Revolucionario Institucional cuyo edificio era un mar de gente, hoy luce desolado. Muy pocos —o casi nadie— se interesan en acudir a sus instalaciones. Ver a la dirigente estatal Abigail Arredondo Ramos es prácticamente imposible: oficinas cerradas, pasillos vacíos, un silencio que refleja la realidad de un partido en plena agonía, lo más preocupante es la indiferencia.

Nadie parece escuchar, Ni los actuales dirigentes, ni aquellos que alguna vez gozaron de las mieles de un partido vigoroso y triunfador. Hoy, esas oficinas huelen a frialdad y soledad… esperando, quizá, el momento del último suspiro.

En ese contexto, la postura de Abigail Arredondo Ramos no solo es equivocada: es irresponsable.

Tras las declaraciones del exgobernador Mariano Palacios Alcocer —quien afirmó que el PRI sigue gobernando México porque muchos liderazgos solo cambiaron de casaca—, la dirigente estatal responde con señalamientos simplistas y sin sustento.

Desconocer el capital político de quienes migraron a Morena no solo es impreciso, es un agravio a miles de cuadros que durante años construyeron la fortaleza del priismo en México.

Las declaraciones evidencian un profundo desconocimiento de la realidad política del país. Minimizar a quienes hoy forman parte de otros proyectos es ignorar un hecho contundente: una gran mayoría de esos perfiles hoy ocupan posiciones clave como autoridades estatales, municipales e incluso dentro del gobierno federal.

Pero hay que dejar algo claro, los cuadros que hoy forman parte de gobiernos emanados de Morena, en su mayoría no ocupan posiciones legislativas, por lo que no se les puede responsabilizar directamente por las decisiones del gobierno federal encabezado por Claudia Sheinbaum.

Más aún, no se les puede atribuir los errores en materia de seguridad, corrupción ni la supuesta cercanía con el crimen organizado.

Esos señalamientos corresponden a decisiones estructurales y a la conducción política del propio gobierno y de la corriente dominante dentro de Morena.

Aunque muchos cuadros priistas emigraron a Morena, las resistencias de la izquierda más ideológica que domina ese movimiento no han permitido alcanzar los resultados esperados, particularmente en materia de seguridad. Tampoco han logrado erradicar el discurso recurrente que señala a los priistas como sinónimo de corrupción.

Por ello, los resultados deficientes en seguridad deben atribuirse a esa corriente dominante dentro de Morena, y no a los perfiles provenientes del PRI, que si bien cuentan con experiencia y capacidad probada, aún no tienen el control político pleno de las decisiones del país, no se puede borrar la historia con declaraciones ligeras.

Esos cuadros fueron, en su momento, la base operativa que convirtió al PRI en una auténtica aplanadora electoral. Fueron formados en la disciplina, la estrategia y la operación política del propio partido. Hoy muchos portan otra camiseta, pero su origen, capacidad y resultados nacieron en el tricolor.
El problema de fondo no está en quienes se fueron, sino en quienes se quedaron sin entender lo que ocurrió.

La dirigencia del PRI se alejó de sus bases, dejó de escuchar a su estructura territorial y abandonó a quienes sostenían su fuerza política.
La exclusión de cuadros, el abandono de sectores y organizaciones, el apoderamiento de posiciones por parte de dirigencias mediante la vía plurinominal —sin trabajo político real—, el distanciamiento de las bases y la corrupción que invadió diversas esferas del poder priista, fueron causas directas del debilitamiento del partido.

Esa desconexión es la que hoy tiene al PRI en una crisis evidente, compitiendo incluso por debajo de fuerzas que antes eran sus aliados, como el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo.

Afirmar que esos cuadros “ya no representaban nada” no solo es falso, es un agravio.
Muchos entregaron años de trabajo, compromiso y lealtad a un partido que construyó instituciones, propició el equilibrio de poderes, fortaleció la democracia y permitió niveles de desarrollo integral que hoy se están perdiendo.

Me incluyo entre quienes demostraron capacidad, preparación y resultados bajo las siglas del PRI. Y como muchos otros, sé que el problema nunca fue la falta de talento, sino la falta de visión de quienes hoy dirigen.

En ese sentido, coincido con lo expresado por Mariano Palacios Alcocer: muchos liderazgos priistas no desaparecieron, solo cambiaron de casaca, y en los hechos, en distintas regiones del país, esa formación política sigue presente en el ejercicio del poder.

Hoy el priismo enfrenta un momento decisivo, o continúa en la negación y el señalamiento fácil, o asume con responsabilidad la necesidad de reconstruirse desde la inclusión, la autocrítica y la apertura a quienes saben hacer política de verdad.

Porque descalificar a quienes construyeron al partido no lo fortalece, lo debilita aún más.

Periódico Raíces